Caminaba con mis hermanos y un pata por Surco en busca de un trago nocturno en una de esas licorerías que no respetan la ley. Mientras salíamos de esa zona donde las calles alternan curiosos nombres como “Tradición” o “Melchor Malo” nos topamos con una luz extraña.

Fijando bien la mirada noté que conocía lo que era. Desde el medio de la pista estaba perfectamente observable el curioso logo de la tienda cafetera más popular de Lima. Lo digo por la cantidad de gente que veo por allí, la cantidad que allí me invita o por lo que escucho de ellos. Cual faro mayor -pues la ubicación de los otros postes invitaba a la comparación- el círculo luminoso parecía convocar a los noctámbulos surcanos, o de quién sabe donde. No importa, era cerca de media noche y el lugar estaba lleno, para variar.

Por alguna razón no puedo quitarme de la cabeza la imagen gringa de Starbucks. Los comentarios que alguna vez leí en 2005 de que las Olsen eran siempre vistas sosteniendo uno de esos vasos albiverdes mientras zapeaba algún canal gringo, o el solo hecho de que el nombre esté en inglés contribuyen a alimentar esta percepción. Y eso que no soy de los antiyankees
snob con los que uno suele encontrarse con facilidad hoy en día. Esta reflexión no es “antiimperialista” como el APRA decía ser en su fundación. Es más, me gusta ese país y tengo familia por allí (como medio Perú, según creo). Es solo que me vino un vago sentimiento de búsqueda por “símbolos nacionales” –o “limeños”- en alguna respuesta que emule a otros esfuerzos cafeteros más locales.
Se me vienen dos ejemplos a la cabeza: De un lado,
Balzac Coffee, que según me dijo una amiga berlinesa, era la respuesta alemana (específicamente hamburguesa –o sea de Hamburgo, para los que solo comen) a la empresa estadounidense. A mi juicio, son igualitos. Es curioso que, en Berlín, uno de sus locales esté curiosamente cerca de otro local de Starbucks al frente del Checkpoint Charlie. Todo un
casus belli. Del otro lado está
Juan Valdez, la tienda colombiana que hace poco abrió un
banner con la figura de "Juan y Conchita" –la mula- en un edificio de 8 pisos en Manhattan y cuya interesante estrategia de expansión (ante una hipotética incursión en tierras peruanas) fue motivo del último caso que realicé en mi curso de
Marketing.
Un amigo me comentó alguna vez que en uno de esos foros tontos que discuten si Chile es mejor que el Perú, se enumeraba la cantidad de Starbucks con que la capital de cada país contaba. Uno de los argumentos más patéticos para medir la belleza comparada entre Lima y Santiago que haya podido escuchar. Nosotros ganamos por si a alguien le place saber. Si de esas cantidades se trata, Lima es mucho más linda que Buenos Aires, pues como me decía un porteño a quien parafraseo
“che, envidio la suerte que tenés, man. En Bs As no hay un solo Starbucks”. Si el mundo fuera unidimensional… Como fuere, Starbucks parece abrir en Lima un local nuevo cada mes. Y a todos los veo con gente.
Lo que pasa es que no sé si nuestros cafés den talla suficiente como para competir. Invito a recordar al clásico Haití, al alternativo (¿?) Café Z o al simpático vagón de tren que queda cerca de la plaza de Barranco. A lo mejor compiten en otras lides y esos espacios no pueden empaquetarse con olor a franquicia. No lo sé con certeza, pero creo que pensar así está mal. Seguramente nadie habría apostado que Bembos detendría a McDonald’s o nadie, en el caso parecido de Inca Kola versus Coca Cola por estas tierras.
Sé que algunos de mis amigos (ellas en particular) podrían enfadarse si trato de describir un perfil de quienes van a Starbucks que justifique el cariz medio gris de este artículo. La verdad es que no lo tengo claro, pues puedo detestar por igual al que va al Starbucks por el gusto de decir que estuvo allí como al que hace lo mismo yendo al Queirolo. Aunque confieso que últimamente identifico a Starbucks como el nuevo refugio de amigos de pensamientos ligeros, estoy seguro de que no todos son así. Existen los que van porque les gusta el café, a los que les gusta el ambiente y los que creen que está de moda gilearse a una chica visitando este lugar. A fin de cuentas, todos podemos tomarnos algo donde nos venga en gana. Somos libres, seámoslo siempre.
En mi opinión, esto solo refleja la falta de verdaderos espacios públicos en la ciudad de Los Reyes del siglo XXI.